Cuando niño me sentaba bajo el puente a ver pasar los trenes.
Mi mamá me preguntaba si iba a volver lleno de barro y yo le decía que sí. Después tomaba la bicicleta y cruzaba hasta la línea del tren.
De un lado estaba el campamento. Del otro, la termoeléctrica. En invierno el humo bajaba tanto que parecía mezclarse con las cocinas a leña y las fogatas. Había perros durmiendo entre los matorrales, radios a pila sonando detrás de las mediaguas y un olor constante a humedad, fierro y tierra removida. Durante años pensé que todos los lugares olían así.
Me gustaba sentarme bajo el puente.
Nunca me interesaron mucho los trenes. Los observaba igual, pero cuando aparecían ya estaba pensando en otra cosa.
Lo que esperaba era el temblor.
Llegaba antes que todo. Primero vibraban las piedras. Después algún perro levantaba la cabeza. A veces una botella vacía tintineaba contra otra. Mucho después aparecía el ruido. Después la sombra, después el tren. Cuando finalmente lo veía cruzar sobre mí, siempre sentía que llegaba tarde.
La parte importante ya había ocurrido.
Durante mucho tiempo creí que las cosas funcionaban asi, la lluvia llegaba primero como olor, las peleas como un silencio extraño en la mesa, las canciones como una frase escrita en cualquier cuaderno.
Después venía lo demás.
Por esa época empecé a escribir canciones. Algunas sensaciones insistían demasiado, aparecían en cualquier parte y se negaban a marcharse. A veces escribía algo y años después, mientras lavaba platos o esperaba una micro, entendía de qué había estado hablando.
Me acostumbré a vivir de esa manera. Como si los acontecimientos ocurrieran dos veces. Una cuando algo comenzaba a vibrar bajo la superficie. Otra cuando finalmente sucedían.
Cuando finalmente ocurrían, las cosas siempre parecían llegar un poco atrasadas.
Una tarde regresé al puente.
El campamento seguía aferrado al terreno. La termoeléctrica seguía respirando sobre los techos. Los rieles continuaban atravesando el barrio como si no tuvieran nada que ver con él.
Me senté a esperar.
Mientras esperaba intenté recordar el rostro de una mujer que había amado durante años.
No pude.
En cambio recordé una ventana, la cortina amarilla moviéndose con el viento, la luz de invierno entrando a la habitación, un vaso sobre el alféizar.
Intenté recordar a otras personas. Me ocurrió algo parecido.
Una mesa.
Una escalera.
Un cenicero.
La forma en que alguien cerraba una puerta.
Podía recordar perfectamente dónde habían ocurrido algunas conversaciones, pero no siempre a quién pertenecían.
Entonces sentí la vibración.
Las piedras comenzaron a moverse bajo mis pies, después vibraron los fierros del puente, los perros levantaron la cabeza.
Esperé el ruido.
Esperé la sombra.
Esperé el tren.
No apareció nada.
La vibración continuó algunos segundos más y luego desapareció. Me quedé inmóvil, mirando los rieles vacíos.
Un rato después apareció una locomotora a lo lejos, cruzó el puente, pasó frente a mí y siguió de largo. La observé desaparecer entre los árboles.
Mientras caminaba hacia la calle, me di cuenta de que ya no recordaba el sonido del tren.
Sólo el temblor.